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R I O B I B Í - L I T E R A R I O

Perdón, por los libros que no escribí

Hace unos cuantos años, mi amigo, el poeta Guillermo Gutiérrez, me dijo que yo era muy hábil lanzando títulos de libros que nunca se constituían en obras. De ese juicio han pasado más de dos décadas en las que los títulos de nuevos libros han flotado como ocasionales satélites por las esferas de las bohemias con los pocos amigos literarios que, a pesar de las falsas profecías, todavía persisten en escuchar con aliento y devoción la llegada de mi futuras obras literarias.

De esta manera nació hace tres décadas el título Canción como alarma, que anunciaba un libro de poemas comprometidos y cuyo compromiso fue a parar al fondo de los más oscuros zafacones de la memoria. Unos años después lo fue el fallido libro Fósiles que quedó, en eso mismo, alimentando la soledad de algunos de los rincones de las casas donde he vivido el basurero municipal. Le siguió Breves Ocasos y Profecías. La profecía fue tan breve que no llegó a conjugarse. Todavía me pregunto qué desencanto hizo que tal título convertido en libro siguiera la ruta de los anteriores.

En el interim Memorial de otro tiempo se salvó, como testimonio de papel, gracias a la gestión del poeta y pintor Ernesto Álvarez, que lo incluyó en una revista académica publicada en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Posteriormente el poeta Reynaldo Marcos Padua lo insertó en la Internet y por ahí sobrevive, como tumba sin consagrar en los cementerios de la poética virtual y la de papel.

El amor no escapó a esos vaivenes de los títulos sin libros. La musa del ocaso es un libro dedicado a una mujer que nunca tuve, por abismal y pasajera. Cierta cursilería de amante desenfocado deshizo el libro antes de que viera, gracias a Dios, cualquier rincón de la pública luz. Hoy es eso, sólo el recuerdo de un título.

La retórica de la vida cotidiana nos hace duchos en saberes que terminan en nosotros mismos. A veces, un poco de esfuerzo convierte los despojos de nuestros amores y desamores en testimonios que nuestra vanidad hace ver como obras. Otras veces adquirimos unas destrezas que aún con sus más sonadas limitaciones, nos permiten hacer cosas algo diferentes, nos ayudan a salir de lo trillado. Furores que se deshacen. Otras veces roturas existenciales nos hacen poner a un lado los proyectos de libros e ir por los prosaicos senderos del vivir.

Por eso no es de extrañar que a pesar de haberlo anunciado hace mucho tiempo, tal vez diez años, todavía no hayan salido mis libros Aguacero y Vivir, el falso imaginario. El primero de estos, un decimario, es esperado con ansiedad por Guillermo Gutiérrez. Del segundo, un libro en prosa, debo una copia al amigo Armando Moyano, que me escribió solicitándolo hace varios años desde Alicante, España y más recientemente, desde la Gran Canaria. Me gustaría complacer a ambos por complacerme a mí mismo. Aunque los títulos nunca salgan, el sabor que les dio vida, llegará de algunas formas a sus manos.

Matar el cabro y otros cuentos es un ejercicio de prosa. Este libro pudo salvarse pues existe como desgajado cúmulo de silencio en la notaría de mi amigo Luis Alberto Torres, que una noche de borrachera adquirió sus derechos de publicación, así como los derechos de las traducciones a todos los idiomas modernos, incluyendo el Mandarín, el vietamita, etc., etc. De darse las borrachas profecías de editor y autor, no hay duda de que será un éxito literario.

Pasan los años y el placer de fundar títulos e imaginar libros se ha convertido en una pasión, en un vicio del que no se puede tener vuelta atrás. Por lo menos, como diría Guillermo Gutiérrez, he sido un buen creador de títulos, aunque los libros sean la esperanza, la fruta apetecida al otro lado del camino o la revelación que me habrá de llegar algún día.

Angel Maldonado
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