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RECUERDOS DE GUILLERMO NÚÑEZ

RECUERDOS DE GUILLERMO NÚÑEZ

 

Conocí a Guillermo Núñez en mis años de escuela superior, cuando fue a hacernos entrega de su libro  Esta voz primera, 1964, a la Escuela Luis Muñoz Rivera, y a hablarnos sobre poesía al curso de Español que nos dictaba ese año el otro gran poeta utuadeño Guillermo Gutiérrez Morales.   Posteriormente compartimos muchas tertulias, lecturas de poemas, discusión de libros y de otros temas en visitas que ocasionalmente me hacía a mi hogar en Campo Alegre de Utuado.

 

Guillermo Núñez fue un poeta íntegro, cabal.  Su poesía está marcada desde el comienzo por amor a su tierra, a su paisaje, a sus montañas, a su gente, su historia  y a su mar.  Es el poeta telúrico por excelencia de las letras puertorriqueñas de la segunda mitad del siglo XX, época que le toco vivir y donde produjo su gran obra, no solo literaria sino también escultórica.  La poesía le brotaba con naturalidad, como si surgiera de un manantial siempre prístino, siempre alegre y rebosante de vitalidad.  Guillermo fue un hombre lleno de vitalidad, de fe, de entusiasmo por su obra y por la de otros.  Su mera presencia comunicaba bondad y tolerancia. 

 

Una buena mirada a la obra literaria de Guillermo Núñez puede darse a través de la excelente antología que le hizo la Dra. Ana Elba Irizarry de Olivero, Antología del Mar, 1964-1996, editorial de la Universidad de Puerto Rico.   Este libro reúne sus poemas en torno al mar, pero también nos da una dimensión abarcadora de la persona del poeta.  Aquí mismo el poeta nos dice haber sido marinero de ríos y quebradas que fue al mar.

 

Cuando vine a tu playa

Yo era un marinero de quebradas y ríos

Por eso mis banastas

Rebosantes de asombro

Cayeron en tus olas.

Al már, pág. 86

 

Ya en un poema anterior titulado Mis heridas nos había definido con poética claridad esa conjunción de hombre de mar y montaña.

 

Yo nací de un quejido

En la virgen montaña

De un quejido de rocas, a un llamado de algas

….

 

Yo llevaba el camino en mis ojos gravado.

Un día olí tu sombra;

Y caí entre tus brazos

Padre mar, esperando.

 

Mis  heridas, página 17, del libro Esta otra voz

 

Guillermo Núñez, como se ha mencionado cada vez que se ha hablado de su poesía, fue una persona autodidacta.  Fue mecánico de automóviles de los  buenos, empresario, gran esposo y jefe de familia, excelente hermano y mejor amigo.  Como todos los campesinos que se van a la gran ciudad, nunca abandonó la imagen de los campos y su gente.  Muchos de sus poemas rescatan al hombre de la tierra en una época cuando el campo fue abandonado como tema y  los escritores se centraron en la ciudad letrada.  Guillermo Núñez retomó el campo, sus paisajes, los sufrimientos del labrador.  Su poesía, vertiginosa y hondamente humana, como la del Neruda que inspiró sus primeros libros, se aleja totalmente del pintoresquismo de poetas que se quedaron cantando las falsas ñoñerías de la vida campesina.  Núñez nos dio una poesía de la tierra existencia, agónica y políticamente comprometida, sin caer en lo panfletario tan querido a tantos poetastros de la patria. 

 

Parte de mi formación literaria fue una larga conversación con dos poetas, Guillermo Núñez y Guillermo Gutiérrez Morales.  Con este, por haber vivido casi toda su vida en Utuado, fue una conversación más continua, más centrada en temas alusivos a la gran literatura de todos los tiempos y la música clásica.  Aunque veía a Guillermo Núñez con menos frecuencia cada encuentro con el poeta telúrico era una celebración.  Cada reunión con el poeta conllevaba una lectura de sus textos inéditos, que incluían extensos decimarios, sonetos y poemas de todo tipo. También un acercamiento a las esculturas en  piedra y mármol que siempre se mantuvo realizando con gran versatilidad y a su afición por la arqueología.  

 

Guillermo Núñez fue un hombre de gran temple. Lo demostró cuando perdió a su primera esposa tras una larga enfermedad.  Lo demostró también cuando en una ocasión, ya adulto fue a conocer a su padre de sangre y, cuando en sus años más recientes, se dedicó en cuerpo y alma, desde una perspectiva evangélica, a visitar enfermos y a ayudarlos con sus experiencias de dolor.  Siempre con su sonrisa, siempre con su afán por servir al prójimo, Guillermo Núñez como ser humano estuvo a la altura de su mejor poesía.

 

Aunque se han escrito varios trabajos, incluso una tesis doctoral, sobre la poesía de Guillermo Núñez, su obra reclama estudios abarcadores que le ubiquen en el sitial que se ganó y que merece como uno de los grandes poetas  puertorriqueños de todos los tiempos.  Entiendo que pronto saldrá parte de su obra inédita, que supera por mucho, en términos de cantidad los libros publicados hasta el presente.

 

Por no estar en Utuado, no pudimos decir adiós al poeta y amigo en su entrega final a la tierra que lo vio nacer. Sirvan estas palabras sin embargo, como un recordatorio para que ni su nombre ni su obra sean olvidados. (En la foto Angel Maldonado Acevedo  y Guillermo Núñez, a la derecha, Foto Héctor Luis Cintrón)

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