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R I O B I B Í - L I T E R A R I O

Pequeño club nocturno

Cantó la soledad
Pulsó viejas canciones
Para enhebrar su viaje
Por tristes serenatas compartidas
Que nadie recordó

Falsas canciones de jovito canales

Los periódicos de la época hablaron de muchos asuntos del pueblo.
Las luchas entre republicanos y populares,
Entre independentistas y populares
Los robos de café
Y la inauguración de algunos puentes
Y carreteras que traían acceso a barrios olvidados.

Nada se dice del pequeño club nocturno. Ni una ficha.
Ni una mención en el cúmulo de páginas
Que hicieron la historia oficial del pueblo.

He buscado entre las viejas fotos algún signo
de las noches que hoy se tornan borrosas.
ahora que los sobrevivientes se han ido
a ocupar otras comarcas
Y la música del recuerdo se torna
solitaria acompañante de la mirada.

He buscado entre las sombras
de los viejos aleros
por los rincones
donde los ancianos rumian sus mejores recuerdos
entre las ruinas que proclaman que hubo tiempos mejores.

¿Recuerdan el pequeño club nocturno
donde se bailaba hasta el amanecer
con música de tríos
donde el ritmo
y las canciones de la orquesta de rafael muñoz
marcaban cada hora de la noche

Nadie contesta.

La pregunta se ahonda en el vacío
que el recuerdo escudriña
la memoria cuenta los días que se fueron
y alguien hurga en el tiempo

¿Es sueño o esperanza
que de súbito templa viejas cuerdas?

¿Vieron a Chiquitín Agudo?
¿Recuerdan sus interpretaciones
de viejas guarachas cubanas
sus ojos desbordantes de noches a intemperie?

¿Dónde se ahogó la guitarra de Cico Vera?
¿Por cual orilla del río y hacia qué territorios
se fue la cantante de los ojos de almendra
que vino algunas noches
acompañada de Octavio el correcostas?

El olvido tiene muchas formas de decir las cosas
y ahora es el río, tal vez la única voz persistente
a las orillas del pueblo, quien responde
un murmullo que nadie escucha.

A las ocho y media abrieron las puertas del bar.
Fueron llegando los clientes habituales del Pequeño Night Club
tan pronto se encendió su portal de neón.

Y Chiquitín Agudo salió a mirar la luna
y a fumar sin apuros un Chesterfield aromado.

Luna que se pierde bajo las tinieblas, sonaba el viejo bolero
que servía para afinar la noche salpicada de promesas.

Los nombres del pueblo palpitan entre las cuatro mesas y sus veinticinco sillas
como el repertorio de la mejor conciencia. Se repasan las historias para que todos sepan
que son una misma familia. Don Tercio, el propietario,
ríe con todo el esplendor posible porque anticipa una nueva batalla generosa.

Antes no se bebía vino.
Era raro ver en las mesas copas y botellas de vino, sin embargo el medio litro de ron don q o palo viejo eran acompañantes habituales.

El costo no aumentó durante mucho tiempo.
Tampoco se cobraba la entrada en los bailes que amenizaban los grupos locales.

Y don Tercio siempre estaba contento. A las cuatro de la mañana cuando el último parroquiano apuraba el fondo de su último trago cerraba las puertas y salía en su antiguo Chevrolet oscuro hacia su casa en las afueras.

Esa era la vida.

Así era sábado tras sábado.

Se repetían historias que ningún cronista mencionó.
A lo mejor historias apócrifas pero que recordamos como verdaderas.
Ahora lo único que nos queda es el río
el pequeño río cuyo territorio han querido usurpar
Pero que todavía canta
y dice versos que nadie recuerda
En un lenguaje que nadie escucha.
Un río que ahora no es un río.

Por que todos se han ido como se han ido sus recuerdos
y a lo mejor resulta que el pequeño club nocturno es una fantasía
de cómo queremos que hubiera sido el pasado
antes que todo comenzara a derrumbarse
y cuando las canciones se convirtieron en plegarias
y la música se fue por caminos
que nadie se atrevió a recorrer.

Memorias y canciones vuelven de las cenizas y pasan por nuestro lado como fantasmas.
El pequeño club nocturno murió para siempre. Para siempre.

Se lo llevaron Chiquitín Agudo, el último músico de diez pesos la noche,
Y don Juan Tristeza que más abajo en su bar de una sola puerta dilataba las mejores noches de algunos parroquianos, o más abajo todavía donde Tato el Corso pulsaba impredecible los mejores tangos.
Se lo llevaron Efraín de Jesús, ingeniero, poeta y bohemio, con su melódica cajita de fósforos y papito cordero, el último bolerista del pueblo

¿Recuerda usted el pequeño club nocturno,
a dónde fueron a parar la guitarra deChiquitín y el violín de Lausell,
a dónde aquellas mujeres tan fuertes y gozosas para el tiempo del amor,
quien deshizo la eternidad de aquel tiempo impulsado por tristes serenatas compartidas?

Bajo las ruinas de la memoria pasa el río atravesado de silencios y fantasmas que huyen y la noche, que ha sido espléndido solar de los recuerdos, transita por otros lugares, fijando espacios nuevos.

El bar ha cerrado sus puertas. Se apaga el neón.
Bajo los aleros humedecidos por la madrugada surge otro tiempo que trepida sobre las viejas osadías.

La noche se deshace en plena ebullición de sombra y humedad. Vendrán días rodando como espejos por la historia marchitada,
y doblar la próxima esquina, todavía la voz alcoholada de Chiquitín Agudo rasgará el último tema de la memoria que se niega a morir.

“Sin ti la vida es nada, las horas son tormentos...”

18 de marzo de 2004

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1 comentario

CARMEN -

Efraín de Jesús Mayoli, el ingniero, el bohemio, el filosofo de vida vivida, el cantante, el jugador, el as de la carambola y el amigo de todos. Ni él ni lo demas se llevaron nada. Nos dejaron los recuerdos y una forma de ver la vida, una época...
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